El primer home

Malgrat que el títol d’aquesta entrada coincideix amb el de la novel·la pòstuma d’Albert Camus, no és de l’escriptor francès que avui els parlo, sinó del poeta com a ésser humà, del primer dels homes i, també, contràriament al que hom opina, el més veloç. Per això mateix he dubtat a titular-lo L’home veloç, però això tampoc no em deslliurava de la confusió. En qualsevol cas, el que jo volia dir-los ja ha estat dit. Ho tenen aquí:

El hombre en cuanto agente de los designios divinos constituye un sujeto constante y ubicuo de la literatura, en todas las épocas y todas las áreas. La divinidad delega en el albedrío del hombre la ejecución de una parte de su plan; y el tema –que la teodicea abordará con toda amplitud, dentro de los límites del conocimiento de Dios– es recogido por la literatura (épica, por lo general) para ser tratado dentro de unos límites muy precisos y con una intención más ilustrativa, alegórica y a alusiva que expresamente didáctica. Por cuanto la lección y la ley son conocidas de antemano, el móvil que empuja al bardo no es otro que su aplicación pues aun cuando las leyes sean pocas sus reglamentos pueden ser infinitos. Y no para ahí la cosa sino que en todo poema teogonal cualquier lector será capaz de advertir el deseo del poeta por formar, dentro de la obediencia a las leyes divinas, un dominio independiente donde quede demostrado que el hombre, por su capacidad para conculcar tales leyes y hacer un uso indebido (pero no impensado) de su libertad, sabrá no sólo llegar a la formulación más exacta de aquellas sino poner el mejor énfasis a una inviolabilidad que, al igual que los principios de la ciencia, derivan todo su valor de la experiencia y es acatada mediante un compromiso que no vulnere el espíritu de la libertad. Tomando para sí el ejemplo de Dios, el hombre constituirá su sociedad con arreglo al mismo principio: la libertad con un reglamento y dentro de un campo fuera del cual no hay nada.

Por obvio que resulte y por acostumbrados que estemos a ello no deja de ser llamativo el que la literatura aborde el tema entre unos límites muy precisos. Pero a poco que se piense se reconocerá que la transgresión de esos límites supondría la dejación de las virtudes estrictamente «literarias» en beneficio de otras categorías propias de diferentes disciplinas del espíritu. Se diría que el verdadero poeta, con anterioridad a la existencia de las disciplinas colindantes, había adivinado el pecado de imprudencia que podría acometer al salirse de los límites de su arte, aun dejando incultivadas las extensa áreas que las ciencias derivadas del humanismo se ocuparían de roturar. Y en cierto modo la inmensa falacia de la ciencia moderna –con su empeño por una permanente ampliación de los límites del conocimiento– nace ya de pretensiones descubridoras y colonizadoras ya de un multiplicativo afán por crear disciplinas nuevas que se engendran en un momento histórico, antes del cual nada se sabía sobre un particular y después del cual se abre un campo de investigación cuyo horizonte no se vislumbra. Es cierto, la literatura no era –ni ha sido nunca– religión, filosofía, historia, sociología, psicología o teoría de la conducta… que vinieron después, y tan abrumadora es la seguridad del pensador moderno en la razón de su disciplina que considerará como mérito relevante y casi profético los atisbos de cualquier índole que el poeta tuvo acerca de un principio científico antes de que la ciencia específica formulara el cuerpo de doctrina y los postulados deducidos por el análisis. Se olvida con frecuencia que aquellas ciencias tienen un nacimiento tan inclusero como la propia literatura. Se olvida que el poeta no fue profeta ni filósofo ni sociólogo ni historiador, por voluntad propia, no porque no existieran tales campos del espíritu. Se olvida que fue no-filósofo, no-teólogo y no-sociólogo conscientemente y que, en buena medida, aquellos que vinieron después, utilizando sus instrumentos y métodos al servicio de las humanidades, no hicieron sino empezar a recorrer paso a paso el espacio que él quiso cruzar de un salto. Qué duda cabe que en comparación con el humanista y el hombre de ciencia, el poeta es un hombre que casi todo lo debe a un mayúsculo error de perspectiva; que no da importancia al conocimiento de las cosas habituales y los fenómenos repetitivos; que creyó que la sociedad tenía que ser más rápida de lo que en realidad es y que su paso por el mundo, por ser tan efímero, ha de ser aprovechado para vislumbrar lo que está más allá de sus sentidos; […] No siempre la cultura ha corrido en paralelo con la sociedad. Hoy sí; hoy la cultura no hace sino acompañar la evolución de la sociedad, subordinada a una ciencia que, cuando mucho, anticipa los instrumentos que han de satisfacer a corto plazo los requerimientos de aquella evolución. Sin género de dudas, nuestra cultura acusa la absoluta pérdida de influencia del poeta y el dominio de toda la moralidad intelectual por parte del hombre de ciencia.

Juan Benet. Del pozo y del numa. La gaya ciencia. Barcelona, 1978

I ara, si han quedat fatigats per la velocitat o la lectura, poden agafar aire i respirar:

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