La destral de Sánchez Ferlosio

El franciscà Guillem d’Occam va concebre la seva navalla per defensar, davant de qualsevol teoria o reflexió, la conveniència d’esporgar tot el que faci nosa i prendre sempre el camí més curt, simple i veraç d’entre tots els que el pensament ens procura. Al llarg dels segles, aquest principi –Occam no va parlar mai de navalla, tot i que és el terme amb què ha passat a la història– ha estat reformulat en múltiples ocasions, des de diversos àmbits i disciplines. D’entre aquestes, probablement hagi estat la medicina qui n’hagi fet una lectura més transparent i entenedora per a tothom: “Quan sentis renillar, pensa en cavalls, no en zebres”.

Des d’aquesta lectura, Occam ens portaria a recórrer sempre al sentit comú com a primera via a explorar, si més no en l’ordre d’alternatives a considerar, i a emprar la navalla per tallar de soca-rel qualsevol hipòtesi que vingui a enterbolir el que aquest ja ha resolt. Vindria a ser allò que Juan de Mairena –gran defensor del pensament trivial i mestre de la ironia– va expressar amb un dels seus aforismes:

Hay que tener los ojos muy abiertos para ver las cosas como son; aún más abiertos para verlas otras de lo que son; más abiertos todavía para verlas mejores de lo que son.

Qui duia sempre la navalla al damunt, en la seva vessant d’articulista, era Sánchez Ferlosio, encara que en el seu cas, potser seria més encertat parlar de destral. L’estudiós de la gramàtica i la hipotaxi, l’armador de frases “como galeones o navíos de línia de poderoso casco, múltiple arboladura y complicado aparato de velámen”, va practicar, també, una prosa directa, contundent i implacable en les seves col·laboracions en premsa, que d’altra banda no van seguir mai una periodicitat establerta, i que, en la majoria d’ocasions, aprofitava per expressar, amb absoluta llibertat, la seva protesta o el seu malestar per qualsevol esdeveniment o notícia, en especial si tenien a veure amb el que ell considerava un ús mercantilista o amb una instrumentalització de la cultura, en qualsevol de les seves manifestacions.

L’extensió d’aquestes col·laboracions sobrepassava habitualment el que estableixen els cànons i la maquetació d’articles periodístics, però això, a l’armador Ferlosio, no sembla que li suposés gaires problemes.

El text que trobaran transcrit a continuació és un fragment de l’article “En aquestos escalones… (A la atención del nuevo ministro de Cultura)i va sortir publicat el 17 de juliol de 1988 al Diario 16. Per a situar-los en context, el ministre a qui fa referència era Jorge Semprún, que havia estat nomenat només cinc dies abans, i a qui Ferlosio li planteja, sense embuts, “dos magníficas ocasiones para entrar con buen pie en el ministerio y demostrar que sirve para algo”.

«La segunda prueba que espero del ministro de Cultura es bastante más fácil que recrear la Editora Nacional [la primera prova que li planteja en aquest mateix article], porque no es un acto de construcción, sino de destrucción, un trabajo de hacha: talar un cedro. Es una metáfora: CEDRO quiere decir Centro Español de Derechos Reprográficos. Por lo visto, en ese repelente escaparate publicitario –esta vez no del Ministerio de Cultura sino del de Educación– que es la Menéndez Pelayo, han perdido la vergüenza hasta tal punto que no tienen empacho en aprovechar cursos sedicentemente universitarios para presentar cooperativas de intereses privados, como la mencionada Sociedad llamada CEDRO, en la que ciento treinta magnates capitalistas de la industria cultural del libro, que han conseguido asociar a su iniciativa a más de cuatrocientos escritores, se han arrejuntado para controlar, al modo en que la banda de Al Capone controlaba las máquinas tragaperras, todas las máquinas fotocopiadoras del país, para cobrar un canon de protección por cada fotocopia que se saque de cualquiera de los libros publicados por sus ciento treinta casas editoras. Realmente, lo primero que en esto resulta tan incomprensible como deplorable es el hecho de que más de cuatrocientos escritores ignoren lo que son hasta el punto de apoyar la iniciativa de un grupo de potentados de la industria privada. ¿No saben los escritores que ellos no se deben a sí mismos y a sus propios intereses, como los industriales, sino al público y a los intereses públicos?, ¿que su deber no es el de ganar dinero, sino el de procurar que tenga la mayor difusión posible lo que han discurrido y han escrito por creerlo verdadero y digno de ser conocido por todos los demás? ¿No saben que ser escritor y ejercer la suprema libertad de determinar tú mismo la naturaleza, el sentido y el designio de tu propio trabajo es un privilegio del que no goza ni remotamente ningún otro trabajador pobre ni rico, comer tu pan en paz, sin la constante inquietud y sobresalto por el destino de sus inversiones en que viven los desdichados capitostes de la industria incluso cultural? ¿No saben que escribir no es trabajar? ¿Cómo pueden asociarse a los editores, cuyo tristísimo deber es el de ganar dinero, y cuya índole es, por tanto, la determinada por el interés privado, ellos, que, más aún que los políticos, son hombres públicos por definición? ¿Qué clase de contubernio es, pues, éste de la cooperativa CEDRO, donde se asocian aquellos cuyo interés fundamental no puede ser sino el de que lo que han escrito, por creerlo verdadero o beneficioso para todos, alcance el mayor grado de difusión posible, aunque tenga que ser a través de fotocopias que no les den ni un céntimo, con aquellos cuyo interés está en exprimir hasta la última perra chica lo que editan? No; en todo esto hay un grave malentendido y un error capital, o, mejor aún, capitalista. Y a la universidad de verano Menéndez Pelayo debería caérsele la cara de vergüenza por haber permitido que semejante cooperativa de interés privado haya aprovechado un curso público para presentarse. Don Eric Ruiz, el presidente de CEDRO, ha declarado, por lo visto, según cita entrecomillada del diario Ya, lo siguiente: «La fotocopia ha pasado de ser un adelanto técnico maravilloso a ser algo destructor». ¡Qué asco el pollo, ¿verdad?, desde que pueden comerlo hasta los gitanos, frente a lo bien que sabía cuando sólo los ricos, y en domingo, podían permitírselo! Desde que el último estudiantucho con setenta duros en el bolsillo puede permitirse fotocopiar un libro científico de cuatro mil quinientas pesetas también la máquina fotocopiadora se ha degradado de maravilla técnica en instrumento de destrucción, sobre todo teniendo en cuenta que los editores gravan un ciento por ciento los derechos de autor de las reproducciones secundarias de las obras que han editado. Estos señores del progreso reniegan justamente de lo único bueno que el progreso puede ofrecer: abaratar lo escaso, haciéndolo abundante».

Entenen ara, per què els parlava de destral? D’altra banda, si pensen que l’aparició d’Occam en aquest post és un punt forçada, sàpiguen que Ferlosio, com a estudiós i gran interessat en el món eclesiàstic, coneixia bé l’obra del franciscà, passa que l’emprava com i quan li venia de gust:

(Con permiso de Ockham) Como lo que ha pasado no puede dejar de haber pasado, la impresión que suscita, la de lo irreparable, tiene a arrimarse a la idea de «lo necesario», de modo que el sentimiento de que el ayer es irreparable se expone a contaminarse con el de que es necesario; en este instante ya están expuestos los dos términos para el fatídico salto de proyectar «es necesario» en un «era necesario»; entonces se abre de golpe la escotilla de los dos grandes demonios: el del destino y el de la providencia.

Campos de retamas: Pecios reunidos

Un pensament sobre “La destral de Sánchez Ferlosio

  1. Retroenllaç: El barber de Spinoza | Restes d'inestabilitat

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