Lliçons tardanes

Stormy Coast Scene after a Shipwreck - Horace Vernet (French, 1789–1863)

Stormy Coast Scene after a Shipwreck – Horace Vernet (French, 1789–1863)

Una tarda de l’any 1984, en el bar de la Facultat de Filosofia de Barcelona, vaig mantenir una conversa amb els professors José Manuel Bermudo i Jaume Mascaró. Parlàvem de què calia esperar d’aquella generació d’estudiants –és a dir, nosaltres, els seus alumnes– i de quines opcions teníem a l’hora d’afrontar la vida i obrir-nos al món. A vosaltres, va sentenciar Bermudo amb veu cavernosa i posat fiscal, només us queda ser romàntics. No puc amagar que l’auguri d’esdevenir la imatge idíl·lica del romàntic, aquell personatge apassionat, insubmís i aventurer, que cerca l’absolut sense defallir, en tots els indrets i a tothora, que de la imaginació en fa veritat suprema i que anteposa l’audàcia i la intuïció a la validesa universal del coneixement empíric, tenia el seu atractiu. Saber-me, però, condemnat a viure sempre més en aquella tensió existencial, entre l’entusiasme i la quietud, certament lliure però esclau del desig i a mercè d’unes emocions i uns sentiments desbordats, no em plaïa gens ni mica. Vaig pensar que la visió que tenien ambdós professors sobre el futur que ens esperava, si havíem de fer cas a la seva recomanació, gairebé ultimàtum, de com afrontar-lo, devia ser força negativa i que, tal vegada, el que estaven fent era demanar-nos a crits que fugíssim d’una existència gris i mediocre.

El temps transcorregut d’ençà d’aquella sentència o premonició dóna fe que, de romàntics, ho hem estat en comptadíssimes ocasions. Per temor, i per obligacions i responsabilitats mal enteses. I és una llàstima. Perquè amb els anys també hem après que la imatge d’aquella vida turmentada, d’instants tràgics de fugissera felicitat, que nosaltres projectàvem a còpia de llegir els romàntics alemanys, era del tot falsa o, si més no, incompleta; que ens calia contraposar-la a la dels romàntics anglesos i a la de personatges com Lord Byron. Potser llavors hauríem entès que les paraules de José Manuel Bermudo, lluny d’ésser una advertiment de com preparar-nos per a l’infortuni que ens esperava, eren un cant a dur una vida desenfadada, feliç i despreocupada:

A John Murray

Venecia, 2 de enero de 1917

Tengo ante mí tu carta del 8. El remedio para la hipertensión es simple: abstinencia. Hace unos años me vi obligado a recurrir a lo mismo, es decir, a la “dieta”, y, con la excepción de algunas semanas o días festivos (que pueden ser meses de cuando en cuando) me he mantenido fiel a Pitágoras desde entonces. Hazme saber que estás mejor. […]

Venecia está en el “estro” del carnaval, y he pasado las dos últimas noches en blanco, en el “ridotto” y la ópera y en todo tipo de cosas. Ahora te voy a contar una aventura. Hace unos días un gondolero me trajo un billete sin firma, que me transmitía el deseo de su autora de reunirse conmigo en una góndola o en la isla de San Lázaro o en un tercer lugar de cita que indicaba la nota. “Conozco bien el carácter de nuestro país”, en Venecia “las mujeres dejan ver al cielo las tretas que no se atreven a mostrar a sus maridos”, etcétera, etcétera; de modo que respondí diciendo que ninguno de los tres lugares me convenía, pero que estaría a las diez de la noche en casa “solo”, o en el “ridotto” a medianoche, donde la persona interesada podía encontrarme enmascarada. A las diez en punto estaba en casa y solo (Marianna había ido con su marido a una “conversazione”, cuando la puerta de mi apartamento se abrió y entró una mujer de unos diecinueve años, agraciada y (para ser italiana) “blonda”, la cual me informó de que estaba casada con el hermano de mi “amorosa” y que deseaba hablar conmigo. Yo le di una respuesta cortés y charlamos un rato en italiano y en romaico (pues su madre era griega de Corfú), cuando ¡oh sorpresa! al cabo de unos minutos entra, con gran asombro por mi parte, Marianna Segati, “in propia persona”, y después de hacer una cortés reverencia a su cuñada y a mí, sin proferir una sola palabra, agarra a la susodicha cuñada por el cabello y le arrea unos dieciséis bofetones que te habrían hecho daño en las orejas con sólo oír el eco. No hace falta que describa el griterío que se produjo. La infortunada visitante se dio a la fuga. Yo sujeté a Marianna, quien, tras varios esfuerzos vanos por salir en persecución de su enemiga, tuvo un soponcio en mis brazos y, a pesar de los razonamientos, el agua de Colonia, el vinagre, media pinta de agua y sabe Dios qué otras aguas, siguió en ese estado hasta pasada la medianoche.

Después de haber maldecido a mis criados por dejar entrar a alguien sin haberme advertido, descubrí que por la mañana Marianna había visto al gondolero de su cuñada en las escaleras y, sospechando que esta aparición no auguraba nada bueno para ella, o bien había regresado por su cuenta, o bien había hecho que sus doncellas u otro espía acudieran a la “conversazione” donde ella estaba y de donde había venido a practicar esta escena de pugilismo. Ya había visto antes ataques de nervios y también alguna pequeña escena de la misma índole dentro y fuera de la isla, pero la cosa no acabó aquí. Al cabo de una hora aparece ¿quién? nada menos que el Signor Segati, su dueño y marido, y me encuentra con su mujer desmayada en el sofá, y todo el aparato de la confusión, cabellos alborotados, sombreros, pañuelos, sales, frascos, y la ama postrada y exánime. Su primera pregunta fue “¿Qué significa todo esto?”. La dama no podía responder, respondí yo. Le dije que la explicación era la cosa más sencilla del mundo, pero que por el momento había que devolverle a su mujer, al menos, el sentido. Lo que se consiguió tras el consabido trámite de suspiros y exhalaciones. No te alarmes, los celos no están de moda en Venecia y las dagas son cosas del pasado y los duelos por cuestiones de amor inexistentes, al menos con el marido. Pero así y todo fue un asunto embarazoso; y aunque él debía saber que yo le hacía el amor a Marianna, creo que hasta esa noche no se había hecho a la idea de hasta dónde habían llegado las cosas. Es bien sabido que casi todas las mujeres casadas tienen un amante, pero suelen guardar las formas, como en otros países. Por lo tanto, yo no sabía qué diablos decir. No podía decir la verdad por consideración a ella, y decidí no mentir por consideración a mí; además, la situación hablaba por sí sola. Pensé que lo mejor sería dejar que eligiera ella misma la explicación (una mujer nunca carece de recursos, el diablo siempre está de su parte) y limitarme a protegerla y a rescatarla si se producía algún acto de ferocidad por parte del Signor. Vi que él estaba bastante tranquilo, así que me fui a la cama y al día siguiente, cómo, yo no lo sé, pero ya estaba todo arreglado. Bueno, entonces tuve que explicar a Marianna lo de su nunca bien denostada cuñada, cosa que hice jurando mi inocencia, mi eterna constancia, etcétera, etcétera. Pero la cuñada, muy enfadada por haber recibido aquel trato (y sin la más mínima vergüenza) contó el lance a medio Venecia y los criados (convocados por la pelea y el desmayo) a la otra mitad. Pero aquí nadie se preocupa por estas menudencias, salvo para divertirse con ellas. No sé si a ti también te habrán divertido, pero con estas locuras he acabado escribiendo una carta bien larga.

Con el afecto de siempre

Byron

 

Byron, Lord. Débil es la carne. Correspondencia veneciana (1816-1819). Tusquets, 1999.                                                         Selecció J. Gil de Biedma – Trad. Eduardo Mendoza

 

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