Una sola pregunta

A Diles que no me maten, de Juan Rulfo, hi ha un moment en què un dels personatges, el coronel, surt del guió preestablert –el conte es pot llegir com una tragèdia en què el destí de tots ells ha estat prèviament dictat– i ens mostra de què està feta la condició humana. No em refereixo a aquell moment de compassió, quan demana que donin de beure a l’home que són a punt d’afusellar; sinó a uns instants abans, quan el sergent li anuncia que porten l’home que buscaven, i el coronel, sense sortir de la caseta on és, demana: “–¿Cuál hombre?”.
És una sola pregunta, simple, clara, breu, que carrega amb tota la misèria de Juvencio Nava, mort en vida durant més de trenta anys, i del propi coronel, obligat a obeir una llei que, per uns instants, sembla haver oblidat. Després, tot seguirà el seu curs, sense que res alteri el guió previst.

Diles que no me maten

–¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad.
–No puedo. Hay allí un sargento que no quiere oír hablar nada de ti.
–Haz que te oiga. Date tus mañas y dile que para sustos ya he estado bueno. Dile que lo haga por caridad de Dios.
–No se trata de sustos. Parece que te van a matar de a de veras. Y yo ya no quiero volver allá.
–Anda otra vez. Solamente otra vez, a ver qué consigues.
–No. No tengo ganas de eso, yo soy tu hijo. Y si voy mucho con ellos, acabarán por saber quién soy y les dará por afusilarme a mí también. Es mejor dejar las cosas de este tamaño.
–Anda, Justino. Diles que tengan tantita lástima de mí. Nomás eso diles.
Justino apretó los dientes y movió la cabeza diciendo:
–No.
Y siguió sacudiendo la cabeza durante mucho rato.
Y Justino se levantó de la pila de piedras en que estaba sentado y caminó hasta la puerta del corral. Luego se dio vuelta para decir:
–Voy, pues. Pero si de perdida me afusilan a mí también, ¿quién cuidará de mi mujer y de los hijos?
–La Providencia, Justino. Ella se encargará de ellos. Ocúpate de ir allá y ver qué cosas haces por mí. Eso es lo que urge.

Lo habían traído de madrugada. Y ahora era ya entrada la mañana y él seguía todavía allí, amarrado a un horcón, esperando. No se podía estar quieto. Había hecho el intento de dormir un rato para apaciguarse, pero el sueño se le había ido. También se le había ido el hambre. No tenía ganas de nada. Sólo de vivir. Ahora que sabía bien a bien que lo iban a matar, le habían entrado unas ganas tan grandes de vivir como sólo las puede sentir un recién resucitado. Quién le iba a decir que volvería aquel asunto tan viejo, tan rancio, tan enterrado como creía que estaba. Aquel asunto de cuando tuvo que matar a don Lupe. No nada más por nomás, como quisieron hacerle ver los de Alima, sino porque tuvo sus razones. Él se acordaba:
Don Lupe Terreros, el dueño de la Puerta de Piedra, por más señas su compadre. Al que él, Juvencio Nava, tuvo que matar por eso; por ser el dueño de la Puerta de Piedra y que, siendo también su compadre, le negó el pasto para sus animales.
Primero se aguantó por puro compromiso. Pero después, cuando la sequía, en que vio cómo se le morían uno tras otro sus animales hostigados por el hambre y que su compadre don Lupe seguía negándole la yerba de sus potreros, entonces fue cuando se puso a romper la cerca y a arrear la bola de animales flacos hasta las paraneras para que se hartaran de comer. Y eso no le había gustado a don Lupe, que mandó tapar otra vez la cerca para que él, Juvencio Nava, le volviera a abrir otra vez el agujero. Así, de día se tapaba el agujero y de noche se volvía a abrir, mientras el ganado estaba allí, siempre pegado a la cerca, siempre esperando; aquel ganado suyo que antes nomás se vivía oliendo el pasto sin poder probarlo.
Y él y don Lupe alegaban y volvían a alegar sin llegar a ponerse de acuerdo. Hasta que una vez don Lupe le dijo:
–Mira, Juvencio, otro animal más que metas al potrero y te lo mato.
Y él contestó:
–Mire, don Lupe, yo no tengo la culpa de que los animales busquen acomodo. Ellos son inocentes. Ahí se lo haiga si me los mata.

“Y me mató un novillo.
“Esto pasó hace treinta y cinco años, por marzo, porque ya en abril andaba yo en el monte, corriendo del exhorto. No me valieron ni las diez vacas que le di al juez, ni el embargo de mi casa para pagarle la salida de la cárcel. Todavía después, se pagaron con lo que quedaba nomás por no perseguirme, aunque de todos modos me perseguían. Por eso me vine a vivir junto con mi hijo a este otro terrenito que yo tenía y que se nombra Palo de Venado. Y mi hijo creció y se casó con la nuera Ignacia y tuvo ya ocho hijos. Así que la cosa ya va para viejo, y según eso debería estar olvidada. Pero, según eso, no lo está.
“Yo entonces calculé que con unos cien pesos quedaba arreglado todo. El difunto don Lupe era solo, solamente con su mujer y los dos muchachitos todavía de a gatas. Y la viuda pronto murió también dizque de pena. Y a los muchachitos se los llevaron lejos, donde unos parientes. Así que, por parte de ellos, no había que tener miedo.
“Pero los demás se atuvieron a que yo andaba exhortado y enjuiciado para asustarme y seguir robándome. Cada vez que llegaba alguien al pueblo me avisaban:
“–Por ahí andan unos fureños, Juvencio.
“Y yo echaba pal monte, entreverándome entre los madroños y pasándome los días comiendo verdolagas. A veces tenía que salir a la media noche, como si me fueran correteando los perros. Eso duró toda la vida. No fue un año ni dos. Fue toda la vida.”
Y ahora habían ido por él, cuando no esperaba ya a nadie, confiado en el olvido en que lo tenía la gente; creyendo que al menos sus últimos días los pasaría tranquilos. “Al menos esto –pensó– conseguiré con estar viejo. Me dejarán en paz”.
Se había dado a esta esperanza por entero. Por eso era que le costaba trabajo imaginar morir así, de repente, a estas alturas de su vida, después de tanto pelear para librarse de la muerte; de haberse pasado su mejor tiempo tirando de un lado para otro arrastrado por los sobresaltos y cuando su cuerpo había acabado por ser un puro pellejo correoso curtido por los malos días en que tuvo que andar escondiéndose de todos.
Por si acaso, ¿no había dejado hasta que se le fuera su mujer? Aquel día en que amaneció con la nueva de que su mujer se le había ido, ni siquiera le pasó por la cabeza la intención de salir a buscarla. Dejó que se fuera sin indagar para nada ni con quién ni para dónde, con tal de no bajar el pueblo. Dejó que se le fuera como se le había ido todo lo demás, sin meter las manos. Ya lo único que le quedaba para cuidar era la vida, y ésta la conservaría a como diera lugar. No podría dejar que lo mataran. No podía. Mucho menos ahora.
Pero para eso lo habían traído de allá, de Palo de Venado. No necesitaron amarrarlo para que los siguiera. Él anduvo solo, únicamente maniatado por el miedo. Ellos se dieron cuenta de que no podía correr con aquel cuerpo viejo, con aquellas piernas flacas como sicuas secas, acalambradas por el miedo de morir. Porque a eso iba. Se lo dijeron.
Desde entonces lo supo. Comenzó a sentir esa comezón en el estómago que le llegaba de pronto siempre que venía de cerca la muerte y que le sacaba el ansia por los ojos, y que le hinchaba la boca con aquellos buches de agua agria que tenía que tragarse sin querer. Y esa cosa que le hacía los pies pesados mientras su cabeza se le ablandaba y el corazón le pegaba con todas sus fuerzas en las costillas. No, no podía acostumbrarse a la idea de que lo mataran.
Tenía que haber alguna esperanza. En algún lugar podría aún quedar alguna esperanza. Tal vez ellos se hubieran equivocado. Quizá buscaban a otro Juvencio Nava y no al Juvencio Nava que era él.
Caminó entre aquellos hombres en silencio, con los brazos caídos. La madrugada era oscura, sin estrellas. El viento soplaba despacio, se llevaba la tierra seca y traía más, llena de ese olor como de orines que tiene el polvo de los caminos.
Sus ojos, que se habían apenuscado con los años, venían viendo la tierra, aquí, debajo de sus pies, a pesar de la oscuridad. Allí en la tierra estaba toda su vida. Sesenta años de vivir sobre de ella, de encerrarla entre sus manos, de haberla probado como se prueba el sabor de la carne. Se vino largo rato desmenuzándola con los ojos, saboreando cada pedazo como si fuera el último, sabiendo casi que sería el último.
Luego, como queriendo decir algo, miraba a los hombres que iban junto a él. Iba a decirles que lo soltaran, que lo dejaran que se fuera: “Yo no le hecho daño a nadie, muchachos”, iba a decirles, pero se quedaba callado. “Mas adelantito se los diré”, pensaba. Y sólo los veía. Podía hasta imaginar que eran sus amigos; pero no quería hacerlo. No lo eran. No sabía quiénes eran. Los veía a su lado ladeándose y agachándose de vez en cuando para ver por dónde seguía el camino.
Los había visto por primera vez al pardear de la tarde, en esa hora desteñida en que todo parece chamuscado. Habían atravesado los surcos pisando la milpa tierna. Y él había bajado a eso: a decirles que allí estaba comenzando a crecer la milpa. Pero ellos no se detuvieron.
Los había visto con tiempo. Siempre tuvo la suerte de ver con tiempo todo. Pudo haberse escondido, caminar unas cuantas horas por el cerro mientras ellos se iban y después volver a bajar. Al fin y al cabo la milpa no se lograría de ningún modo. Ya era tiempo de que hubieran venido las aguas y las aguas no aparecían y la milpa comenzaba a marchitarse. No tardaría en estar seca del todo.
Así que ni valía la pena de haber bajado; haberse metido entre aquellos hombres como en un agujero, para ya no volver a salir.
Y ahora seguía junto a ellos, aguantándose las ganas de decirles que lo soltaran. No les veía la cara; sólo veía los bultos que se repegaban o se separaban de él. De manera que cuando se puso a hablar, no supo si lo habían oído. Dijo:
–Yo nunca le hecho daño a nadie– eso dijo. Pero nada cambió. Ninguno de los bultos pareció darse cuenta. Las caras no se volvieron a verlo. Siguieron igual, como si hubieran venido dormidos.
Entonces pensó que no tenía nada más que decir, que tendría que buscar la esperanza en algún otro lado. Dejó caer otra vez los brazos y entró en las primeras casas del pueblo de en medio de aquellos cuatro hombres oscurecidos por el color negro de la noche.
–Mi coronel, aquí está el hombre.
Se habían detenido delante del boquete de la puerta. Él, con el sombrero en la mano, por respeto, esperando ver salir a alguien. Pero sólo salió la voz:
–¿Cuál hombre?– preguntaron.
–El de Palo de Venado, mi coronel. El que usted nos mandó traer.
–Pregúntale que si ha vivido alguna vez en Alima –volvió a decir la voz de allá adentro.
–¡Ey, tú! ¿Que si has habitado en Alima? –repitió la pregunta el sargento que estaba frente a él.
–Sí. Dile al coronel que de allá mismo soy. Y que allí he vivido hasta hace poco.
–Pregúntale que si conoció a Guadalupe Terreros.
–Que dizque si conociste a Guadalupe Terreros.
–¿A don Lupe? Si. Dile que sí lo conocí. Ya murió.
Entonces la voz de allá adentro cambió de tono:
–Ya sé que murió –dijo–. Y siguió hablando como si platicara con alguien allá, al otro lado de la pared de carrizos:
–Guadalupe Terreros era mi padre. Cuando crecí y lo busqué me dijeron que estaba muerto. Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta. Con nosotros, eso pasó.
“Luego supe que lo habían matado a machetazos, clavándole después una pica de buey en el estómago. Me contaron que duró más de dos días perdido y que, cuando lo encontraron tirado en un arroyo, todavía estaban agonizando y pidiendo el encargo de que le cuidaran a su familia.
“Esto, con el tiempo, parece olvidarse. Uno trata de olvidarlo. Lo que no se olvida es llegar a saber que el que hizo aquello está aún vivo, alimentando su alma podrida con la ilusión de la vida eterna. No podría perdonar a éste, aunque no lo conozco; pero el hecho de que se haya puesto en el lugar donde yo sé que está, me da ánimos para acabar con él. No puedo perdonarle que siga viviendo. No debería haber nacido nunca”.
Desde acá, desde fuera, se oyó bien claro cuando dijo. Después ordenó:
–¡Llévenselo y amárrenlo un rato, para que padezca, y luego fusílenlo!
–¡Mírame, coronel! –pidió él–. Ya no valgo nada. No tardaré en morirme solito, derrengado de viejo, ¡No me mates…!
–¡Llévenselo! –volvió a decir la voz de adentro.
–…Ya he pagado, coronel. He pagado muchas veces. Todo me lo quitaron. Me castigaron de muchos modos. Me he pasado cosa de cuarenta años escondido como un apestado, siempre con el pálpito de que en cualquier rato me matarían. No merezco morir así, coronel. Déjame que, al menos, el Señor me perdone. ¡No me mates! ¡Diles que no me maten!
Estaba allí, como si lo hubieran golpeado, sacudiendo su sombrero contra la tierra. Gritando.
En seguida la voz de allá adentro dijo:
–Amárrenlo y denle algo de beber hasta que se emborrache para que no le duelan los tiros.

Ahora, por fin, se había apaciguado. Estaba allí arrinconado al pie del horcón. Había venido su hijo Justino y su hijo Justino se había ido y había vuelto y ahora otra vez venía.
Lo echó encima del burro. Lo apretaló bien apretado al aparejo para que no se fuese a caer por el camino. Le metió su cabeza dentro de un costal para que no diera mala impresión. Y luego le hizo pelos al burro y se fueron, arrebiatados, de prisa, para llegar a Palo de Venado todavía con tiempo para arreglar el velorio del difunto.
–Tu nuera y los nietos te extrañarán –iba diciéndole–. Te mirarán a la cara y creerán que no eres tú. Se les afigurará que te ha comido el coyote cuando te vean con esa cara tan llena de boquetes por tanto tiro de gracia como te dieron.

Com començar una novel·la

El més difícil, per a un escriptor, és trobar la seva pròpia veu –i que aquesta el satisfaci–. Pròpia perquè ha d’ésser seva, l’ha d’identificar, ha d’ésser recognoscible i única si més no per als lectors més atents i exigents, que són aquells per als qui escriu. L’escriptor d’ofici, que es pren l’ofici seriosament i no pot estar-se’n, ha d’aportar alguna cosa més que una història bonica, ocurrent o original. L’ha de dir com ningú altre l’ha dita abans, deixar-hi l’empremta, el segell personal.

Passa que no està mai sol. L’acompanya la tradició, la pròpia i la d’altri, i un cànon que el precedeix i l’observa –i, quan no en sap prou, el tenalla: l’escriptor, ambiciós, és com el conductor inexpert encallat a la sorra, que a còpia d’intentar sortir-se’n enfonsa el cotxe cada vegada més en les seves roderes.

Totes aquestes i altres reflexions són les que m’han acompanyat durant aquests mesos d’estiu, mentre cercava com començar la novel·la. Sí, perquè no només cercava una veu, la meva, sinó un començament. Perquè en la primera pàgina d’una novel·la ja està gairebé tot dit –i l’escriptor ho sap–. Després poden succeir un munt d’esdeveniments, introduir personatges, situacions inesperades, fins i tot canviar el narrador o la persona gramatical, però no tindrà cap altra oportunitat de tornar a començar, de donar-se al lector per primera vegada. Per això és tan important l’inici d’una novel·la.

I és per això que estic tan content, perquè crec que per fi l’he trobat i que després de revisar, de corregir i de reescriure’l un munt de vegades, ja el tinc. I, cosa gens habitual en mi, l’he volgut compartir amb tots vosaltres, com a mostra d’agraïment per la vostra fidelitat a les Restes, i per aquell punt d’exhibicionisme que, se suposa, tenen tots els escriptors.

Aquí us el deixo, n’espero comentaris. Quant al títol, hi estic donant voltes, perquè encara no em satisfà, però té moltes possibilitats de dir-se El taller de la plaça:

En Juli ha vingut expressament al taller a dir-me que, abans de rifar el TV, rifaran telèfons mòbils; que ell ja els ha vistos: pantalla tàctil, de 5 polzades, càmera de 8 megapíxels amb flaix incorporat, connexió 4G. Jo no tinc ganes d’anar a MediaMarkt, ni de sortir, perquè m’he passat el dia arreglant motors, i les mans em fan mal de tant collar cargols. I perquè conec el Juli, que la nit no li ve de tres hores i mai troba el moment d’anar-se’n a dormir. Però al final hi hem anat, perquè jo sóc així, que pateixo si algú em demana una cosa i he de dir que no. Anava ben mudat: americana i pantalons ben planxats, les sabates llustrades, una corbata a joc amb el color de l’americana, i un rellotge d’or que en Juli m’ha explicat que era del seu avi.

            Quan hi hem arribat les rebaixes ja havien començat. El sostre estava guarnit amb rètols i anuncis de totes les marques: una filera de Samsung, anuncis diversos, una filera d’Apple. Hi havia cartells il·luminats i tot el sostre era com un rèptil de colors panxa enlaire, perquè els acabaments dels anuncis estaven lligats uns als altres i tots s’ajuntaven.

Blaise Cendrars, en somnis

 

avt_blaise-cendrars_1910

He somiat que anava a visitar Blaise Cendrars. Vivia al sud de França, en una casa unifamiliar, petita. Hi anava amb algú altre, que no recordo. Érem força joves. En arribar, la dona ens obria la porta i ens feia passar. En Blaise és a l’hort, deia, no trigarà a tornar. Els puc oferir un cafè? A la saleta hi havia un sofà entapissat amb una tela blanca estampada amb flors de colors, i una tauleta de centre, amb el sobre de vidre i les potes daurades. La dona, asseguda en una cadira, ens donava conversa. L’amic que no recordo, educat, li seguia el fil. Jo, en canvi, només pensava que en sabia molt poc, de Cendrars, que l’hauria d’haver llegit més, abans d’anar-lo a visitar, que no sabria què dir-li, quan tornés, que faria un paper d’estrassa i em fotria fora de casa així que se n’adonés. Al cap d’una estona arribava en Blaise, deixava la boina penjada a l’entrada i venia fins a la saleta on érem asseguts, prenent el cafè. Alt, corpulent, duia una camisa blanca, mig desbotonada, amb les mànigues arremangades, uns pantalons de feinejar lligats amb un cordill i unes botes brutes, plenes de pols. M’hi he fixat bé, era ell. Quatre cabells despentinats, el front arrugat, els ulls petits i aquell tros de nas que l’hi ocupava mig rostre i que deixava pas a uns llavis molsuts, igualment exagerats. Però tenia els dos braços. Li ho he comentat a l’amic, que no s’ha immutat ans al contrari, s’ha aixecat d’immediat a saludar-lo. Jo anava a fer el mateix quan ha succeït allò meravellós d’entrar i sortir del somni. De primer me l’he cregut, el somni, i m’ha preocupat molt que l’única cosa “important” que creia recordar de Blaise Cendrars –que li faltava un braç– fos errònia; per l’error en si mateix i perquè aquell braç inoportú anul·lava l’inici de conversa que tenia pensat, incapaç com era de comentar cap dels seus llibres: –I què, Mr. Cendrars, com us ho feu, per treballar a l’hort, tot sol, amb un braç? Llavors, mentre dormia i pensava tot això, m’he posat a riure de mi mateix i del meu somni. Que animal, m’he dit, quines coses de somniar. Però el somni ha tornat, i he deduït que tot plegat només era un problema de temporalitat, que el Blaise Cendrars que acabava d’arribar encara tenia les dues extremitats, però que amb el temps en perdria una, perquè ho sabia del cert que li faltava el braç dret. Jo el saludava, i li ho volia dir, perquè anés amb compte o s’anés fent el càrrec, però no sabia per on començar. I m’asseia en el sofà de flors mentre Cendrars, encara dret, amb una ampolla de conyac en una mà i una copa a l’altra, ens demanava: –I així doncs, a què es deu aquesta visita?

*

Devia tenir setze o disset anys que vaig comprar-me La mano cortada, de Blaise Cendrars. No en sabia res de l’autor, però el seu rostre, imprès a la coberta, em va impressionar. Llegir a la contracoberta que era un relat autobiogràfic, en què l’autor explicava la seva participació en la Primera Guerra Mundial, que el van ferir de gravetat i van haver d’amputar-li el braç dret, va fer la resta. Mai no el vaig acabar. L’agafava, en llegia unes pàgines, i el tornava a deixar. Ara ja no el tinc, fa molts anys, no recordo quants. És un de tants llibres deixats i no retornats, o perduts en algun trasllat. De resultes d’aquest somni, n’he buscat informació i he llegit que el va escriure a França, durant l’ocupació alemanya, mentre es mal guanyava la vida com podia, fent feines de jardiner, amb el seu únic braç. I he pensat que potser ja ho sabia, això, perquè un jardí no és gaire lluny d’un hort ben arreglat, i que, tal vegada, la meva pregunta hauria estat ben pertinent.

Par une belle matinée du mois de juin, nous étions assis dans l’herbe qui envahissait notre parapet et cachait nos barbelés et qu’il allait falloir faucher et faner, nous étions assis dans l’herbe haute, devisant paisiblement en attendant la soupe et comparant les mérites du nouveau cuistot à ceux de Garnéro que nous avions perdu à la crête de Vimy, quand, tout à coup, cet idiot de Faval bondit sur ses pieds, tendit le bras droit l’index pointé, détourna la tête la main gauche sur les yeux et se mit à pousser des cris lugubres comme un chien qui hurle à la mort :
— Oh, oh, regardez !… Quelle horreur !… Oh, oh, oh !…
Nous avions bondi et regardé avec stupeur, à trois pas de Faval, planté dans l’herbe comme une grande fleur épanouie, un lys rouge, un bras humain tout ruisselant de sang, un bras droit sectionné au-dessus du coude et dont la main encore vivante fouissait le sol des doigts comme pour y prendre racine et dont la tige sanglante se balançait doucement avant de tenir son équilibre.
D’instinct nous levâmes la tête, inspectant le ciel pour y chercher un aéroplane. Nous ne comprenions pas. Le ciel était vide. D’où venait cette main coupée ? Il n’y avait pas eu un coup de canon de la matinée. Alors, nous secouâmes Faval. Les hommes devenaient fous.
— …Parle, espèce d’idiot ! D’où vient cette main ? Qu’est-ce que tu as vu ?…
Mais Faval ne savait rien.
—… Je l’ai vue tomber du ciel, bredouillait-il en sanglotant les mains sur les yeux et claquant des dents. Elle s’est posée sur nos barbelés et a sauté à terre comme un oiseau. J’ai d’abord cru que c’était un pigeon. J’ai peur. Quelle horreur !…
Tombée du ciel ?
Il n’y avait pas eu un avion de la matinée, pas un coup de canon, pas une explosion proche ou lointaine.
Le ciel était tendre. Le soleil, doux. L’herbe printanière, pleine d’abeilles et de papillons.
Il ne s’était rien passé.
Nous ne comprenions pas.
À qui était cette main, ce bras droit, ce sang qui coulait comme la sève ?
— À la soupe ! cria le nouveau cuistot qui s’amenait hilare avec sa marmite fumante, ses boules emmanchées, ses gamelles, ses boîtes de conserve, son pinard.
— Ta gueule, salaud ! lui répondit-on.
Et les hommes se dispersèrent et pour la première fois depuis que nous étions dans ce secteur où il ne se passait jamais rien, ils allèrent se tasser dans les abris, descendirent se mettre sous terre.
Il faisait beau.
Le plus beau jour de l’année.
Seul Faval sanglotait dans l’herbe chaude, secoué de spasmes.
Des mouches bleues vinrent se poser sur cette main.—
Jamais nous n’eûmes la clé de l’énigme.

Blaise Cendrars, La Main coupée (Denoël, 1946), « Le Lys rouge », réédition Gallimard, Folio, p. 408 à 410.

I vostè, Antoni Gaudí, quants títols diu que té?

Lola Anglada. Plaça Catalunya 1910

El fet d’haver-me suspès en l’assignatura de perspectiva no em va posar traves en l’execució dels meus dibuixos, sobretot en els de Barcelona vella, els qual m’han valgut lloances per la meva mestria en perspectiva. Ací podem ajuntar dues anècdotes: el nostre gran arquitecte Gaudí, en acabar els estudis l’any 1878, no obtingué el títol pel motiu de ser sempre suspès. Aleshores l’arquitecte Josep Fontserè, el qual havia guanyat el concurs públic per a l’execució de la Cascada Monumental del Parc de la Ciutadella, i que tenia simpatia envers el jove Gaudí, va creure bé jugar una facècia per tal que el jove pogués guanyar el títol d’arquitecte, i li encarregà de fer el càlcul dels grans dipòsits d’aigua per a la Cascada Monumental. Feta la tasca, mestre Fontserè va presentar-ho com si fos fet per ell demanant l’opinió al catedràtic, el qual va acceptar-ho, i el jove Gaudí obtingué el títol d’arquitecte. Joan Fontserè continuà essent el protector de Gaudí.

            No oblidaré una altra anècdota, no menys curiosa. El nostre poeta Mossèn Cinto Verdaguer, quan era noi, a l’escola, el mestre no el comptava entre els alumnes primers, sinó que l’assenyalava com a incapacitat per als estudis i sovint li deia : «Sant Talòs, que en portaràs pocs de capellans a l’enterrament!». Recordem que Mossèn Cinto portava el cognom Santaló per part de mare.

Lola Anglada. Memòries. Diputació de Barcelona

Que els títols i les notes qualifiquen només un cert tipus d’aprenentatge i no la vàlua de la persona o l’estudiant, és quelcom prou sabut. Tanmateix, en seguim fent dogma de fe i de quina manera. Els estudiants universitaris ja no en fan prou amb un grau, els convé obtenir màsters i post-graus, i cursos d’especialització, i si pot ser, fer-los ben lluny d’aquí, perquè els kilòmetres de distància hi afegeixen un prestigi que no tenen els títols locals. La vida universitària esdevé una cursa per assolir el major nombre possible de certificats i diplomes. Tot plegat, i aquesta és forta, només de cara a poder optar a un contracte de treball que vagi més enllà de servir cafès o fer de caixer en un supermercat.

A mi, tot plegat, només em sembla la confessió desvergonyida d’un gran fracàs, social i educatiu. Admetre que ningú no surt prou preparat en acabar la universitat, que cal ampliar estudis per dominar la disciplina escollida, i que aquests estudis cal fer-los en altres universitats i centres educatius, d’aquí o d’arreu, és reconèixer la impossibilitat d’oferir als estudiants els coneixements que necessiten. Que, a més a més, aquesta necessitat només puguin satisfer-la els qui tenen mitjans per pagar-s’ho, és d’un classisme i una manca d’humanitat absoluts, a banda d’una estupidesa profunda socialment parlant.

La història és plena de genis i personalitats destacades que, tanmateix, van tenir dificultats a superar els estudis: Einstein, Leonardo, Verdi, Unamuno, Jobs, Churchill, Kubrick, Picasso, Darwin. No cauré en el parany d’emprar-los com a model a seguir, que no en són, ni en la ingenuïtat de pensar que la genialitat i el fracàs escolar van lligats de la mà –alguna cosa hem fet malament quan sabem més de les dificultats lectores d’Einstein, el més socorregut de tots els de la llista, que no pas de la teoria de la relativitat–. Penso, això sí,  que Gaudí, avui, hauria necessitat més d’una font monumental; i que el pobre mestre Fontserè s’hauria hagut d’esmerçar força més a tapar-li les vergonyes. De Mossèn Cinto, millor no en diré res: les fonts del seu protector són encara inesgotables.

Literatura i vida

És habitual imaginar les vacances com el moment en que, per fi, podrem dedicar-nos a fer el que més ens agrada, sense cap altra limitació ni condicionant que els inherents a la nostra persona, que sotmetrem a voluntat el nostre temps lliure per satisfer un desig llargament ajornat, com si, d’alguna manera, durant els mesos laborables, vida i plaer fossin dos elements estranys, gairebé oposats, que marxen en direcció contrària.

Els qui ens agrada escriure i llegir somniem a abocar-nos-hi de ple, ens hem reservat les millors ofrenes i ens il·lusionem amb la idea que res enterbolirà l’aire del nostre paradís, perquè en som devots i així ho mana la nostra fe, de nit i de dia. De sobte, com si d’un avís misericordiós d’Hermes es tractés, el gest d’algú qui estimes, en desplegar un mapa damunt la taula, o el cant d’un ocell que no sabies, que refila cofoi dalt d’una branca, t’alliberen de la teva abstracció: la vida no és impresa en cap pàgina.

       Per què vull escriure? Quin lloc dono a l’escriptura en la meva vida. Fins ara he posat l’amor i derivats al centre de tot, com a motor i llast, alhora. L’escriptura, com a crònica suïgèneris, rastre del cargol –empremta de la vida. Convertir la literatura en el fet determinant? posar les altres coses en funció de? és a dir, la professió, l’ofici com a centre, eix de les meves preocupacions. Dit així, m’hi resisteixo.

Maria-Mercè Marçal. El senyal de la pèrdua. Empúries.

       Un esperit original sap subordinar la lectura a la seva activitat personal. No és per a ella sinó la més noble de les distraccions, la més ennoblidora sobretot, perquè, solament la lectura i el saber donen les “bones maneres” de l’esperit. La potència de la nostra sensibilitat i de la nostra intel·ligència, no podem desenvolupar-la més que en nosaltres mateixos, en la profunditat de la nostra vida espiritual.

Marcel Proust. De la lectura. Aeditors
(Trad. Gervasi Bonet)

Instruccions per veure una posta de sol

Fa molts anys que no fumo, és una llàstima. Per a la resta, però, segueixo al peu de la lletra les instruccions d’Artur Bladé:

La millor hora per estar a la vora del riu és en caure la tarda, a l’estiu, quan la llum és d’or, l’aire de seda i l’aigua canta.
          Els amics de les postes de sol –si és que encara és lícit parlar-ne– deuen sentir una certa feblesa per aquests paisatges fluvials on les postes són dobles. Tot el que passa al cel es veu reflectit en el fons del riu, d’una manera bellugada i amb tots els colors mullats, gairebé irreals. Però aquesta suggestió pictòrica és fatal quan algú fa el comentari inevitable: «Sembla una pintura!» Aleshores tot l’encís se’n va; millor dit, fuig de l’aigua.
          La contemplació de les postes de sol requereix experiència, solitud, un cigarret als llavis i no pensar en res. És l’ataràxia.
         

Artur Bladé i Desumvila. Benissanet. Els treballs i els dies d’un poble de l’Ebre català. Cossetània Edicions

Com un gos esporuguit

Si escric,
és només perquè m’ajuda a pensar,
a ordenar idees i intuïcions que brollen lliures,
indisciplinades.

Escriure és una forma de deixar-les en repòs,
si més no, durant uns mesos.

No sempre ho aconsegueixo.
N’hi ha que fan com el gos poruc,
s’apropen cauteloses i així que proves de tocar-les,
reculen espantades.

I tu prou que els mostres, inofensiu, la mà oberta.
I elles tornen a atansar-se,
i tot d’una t’esquiven, esporuguides,
i et quedes sense saber

què hi ha, en el teu gest, que les espanta.